Manejo agronómico del cultivo de trigo

Dominar el manejo agronómico del trigo implica integrar genética, fisiología y ambiente en un sistema de decisiones dinámico, donde la elección de variedades con adecuada vernalización y tolerancia a estrés hídrico condiciona la eficiencia del uso de nitrógeno y la estabilidad del rendimiento, así, la fecha de siembra se define no solo por el calendario, sino por la sincronización entre fotoperiodo, temperatura y probabilidad de heladas en encañado y espigazón, minimizando penalizaciones en número de granos por metro cuadrado.
Sobre ese andamiaje, la gestión de densidad de siembra, profundidad y calidad de implantación interactúa con la arquitectura del dosel, modulando la intercepción de radiación y la presión de enfermedades foliares, por ello, la fertilización debe ajustarse a curvas de extracción específicas, integrando análisis de suelo, mineralización estimada y objetivos de proteína en grano, mientras el manejo integrado de malezas y patógenos se apoya en rotaciones inteligentes, monitoreo fenológico y umbrales económicos de intervención.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal en trigo define el techo productivo del sistema, condiciona el manejo fitosanitario, la eficiencia en el uso de insumos y la resiliencia frente a la variabilidad climática, por ello conviene asumirla como una decisión de ingeniería biológica más que como una simple selección de semilla comercial. El punto de partida es la adaptación agroecológica: temperatura, fotoperiodo, disponibilidad hídrica y tipo de suelo delimitan qué combinación de ciclo fenológico, arquitectura de planta y potencial de rendimiento puede expresarse con estabilidad, sin que el manejo tenga que compensar, a un costo creciente, la falta de ajuste genético al ambiente.
Criterios avanzados para la elección de la variedad
En los sistemas trigueros de México, la distinción entre trigos harineros y trigos cristalinos (duros) va más allá del destino industrial, pues se asocia a diferencias en índice de cosecha, eficiencia en uso de nitrógeno y tolerancia al estrés térmico. Las variedades derivadas de CIMMYT y programas locales han incorporado en las últimas décadas genes de enanismo, tolerancia a calor terminal y resistencia específica a roya de la hoja, roya amarilla y roya del tallo, de modo que la elección varietal debe partir de la presión histórica de enfermedades en la región y de la dinámica reciente de razas de Puccinia. En zonas con antecedentes de epidemias de roya amarilla, por ejemplo, es prudente priorizar materiales con resistencia poligénica parcial, que ofrecen una protección más durable que la resistencia monogénica.
El segundo eje de decisión es la duración del ciclo y la respuesta al fotoperiodo, que determinan la sincronía entre los estados críticos del cultivo y los picos de estrés ambiental. En el Bajío y El Bajío ampliado, donde las siembras de riego suelen concentrarse de noviembre a enero, las variedades de ciclo intermedio permiten que la antesis ocurra fuera de las ventanas de helada más severa y que el llenado de grano se desarrolle antes de los máximos de temperatura de finales de primavera, reduciendo el riesgo de estrés por calor terminal que puede disminuir el peso de mil granos hasta en 15–20 %. En el norte irrigado, con inviernos más fríos y primaveras secas, los ciclos largos pueden aprovechar mejor la radiación invernal, siempre que se evite el acame por exceso de biomasa.
A estos factores se superpone la calidad industrial, que en México está cada vez más ligada a contratos de compra específicos, sobre todo en trigo cristalino para pasta y en trigo harinero para panificación industrial. Parámetros como contenido de proteína, fuerza de gluten (W), número de caída y color de grano deben considerarse como atributos económicos, no solo tecnológicos, porque definen la posibilidad de acceder a primas de precio. En regiones donde la fertilización nitrogenada es limitada o la eficiencia de uso de nitrógeno es baja, conviene elegir variedades con alta eficiencia de uso de N, capaces de mantener niveles aceptables de proteína sin requerir dosis excesivas, lo que reduce costos y la huella ambiental del sistema.
La resistencia a enfermedades de raíz y corona, como la fusariosis y el complejo de pudriciones causadas por Bipolaris y Rhizoctonia, cobra relevancia en suelos con mal drenaje o con historial de monocultivo de cereales, donde la presión de inóculo es alta. En estos contextos, variedades con raíces profundas y buena capacidad de exploración del perfil contribuyen a mitigar el impacto de patógenos y a mejorar la extracción de agua, lo que se traduce en mayor estabilidad del rendimiento frente a sequías intermitentes. Al mismo tiempo, la tolerancia a sales y a aluminio intercambiable debe ponderarse en suelos sódicos o ácidos, donde la adaptación genética puede marcar diferencias de hasta 1,0–1,5 t/ha en rendimiento bajo el mismo manejo.
Finalmente, la elección varietal debe considerar la compatibilidad con la mecanización y la logística del sistema productivo, en particular la altura de planta, la resistencia al acame y la uniformidad de madurez, que influyen en la eficiencia de la cosecha y en las pérdidas por desgrane. Variedades demasiado altas o con tallos débiles incrementan el riesgo de acame bajo fertilización intensiva, lo que complica la cosecha mecánica y puede reducir el rendimiento comercial hasta 30 %, mientras que materiales muy cortos, si se combinan con alta densidad de siembra, pueden generar microclimas favorables a enfermedades foliares.
Calidad de la semilla y tratamientos previos a la siembra
Una vez definida la variedad, la calidad fisiológica y sanitaria de la semilla se convierte en el siguiente determinante de éxito. La utilización de semilla certificada, con pureza genética y física garantizada, reduce la heterogeneidad de emergencia y acorta la brecha entre rendimiento potencial y real, sin embargo, incluso la mejor semilla pierde vigor si la cosecha y el almacenamiento no se manejan con precisión. Contenidos de humedad superiores a 12–13 % en almacenamiento aceleran la respiración y el envejecimiento, disminuyendo la viabilidad y la energía germinativa, por lo que en climas cálidos se requiere ventilación forzada o almacenamiento en ambientes controlados.
El peso de mil granos (PMG) es un indicador práctico de llenado y sanidad del grano, y se correlaciona con la reserva de carbohidratos disponible para la germinación y el establecimiento inicial, por ello se recomienda utilizar lotes con PMG altos y homogéneos, descartando fracciones pequeñas o dañadas. Ensayos de germinación estándar y pruebas de vigor, como el envejecimiento acelerado, permiten anticipar el comportamiento en campo y ajustar la densidad de siembra según el porcentaje de germinación efectiva, lo que evita tanto la subpoblación como el gasto innecesario de semilla.
En paralelo, los tratamientos de semilla con fungicidas de amplio espectro son una herramienta clave para reducir la incidencia de patógenos transmitidos por semilla y suelo en las etapas iniciales, en especial Tilletia, Ustilago, Fusarium y Bipolaris. La inclusión de insecticidas sistémicos puede ser estratégica en zonas con alta presión de pulgones tempranos o Diabrotica, aunque su uso debe evaluarse bajo criterios de manejo integrado para evitar impactos no deseados sobre enemigos naturales. Cada vez cobra más interés el uso de bioestimulantes y inoculantes microbianos (por ejemplo, Azospirillum spp. y Bacillus spp.) aplicados a la semilla, que han mostrado mejoras en el desarrollo radicular y en la tolerancia al estrés abiótico, con incrementos de rendimiento de 5–10 % en condiciones de limitación hídrica moderada.
Establecimiento del cultivo: densidad, fecha y arreglo espacial
El establecimiento del cultivo de trigo se sustenta en la interacción entre fecha de siembra, densidad de plantas y arreglo espacial, que determinan la intercepción de radiación, la competencia con malezas y la exposición a factores bióticos y abióticos. La fecha de siembra debe sincronizar el ciclo del cultivo con la oferta de agua y la distribución de temperaturas, de modo que la floración y el llenado de grano ocurran en ventanas climáticas favorables, minimizando el riesgo de heladas en macollamiento y de calor extremo en grano lechoso y pastoso. En riego invernal del Bajío, por ejemplo, las siembras de finales de noviembre a mediados de diciembre suelen equilibrar estos factores, mientras que retrasos hacia enero incrementan la probabilidad de estrés térmico en llenado, con pérdidas de rendimiento que pueden superar 0,5 t/ha por semana de retraso en años cálidos.
La densidad de siembra debe ajustarse a la capacidad de macollamiento de la variedad, a la fertilidad del suelo y al sistema de producción, buscando un equilibrio entre número de espigas por metro cuadrado y riesgo de competencia intraespecífica. En variedades modernas de alto macollamiento, densidades de 250–350 semillas viables/m² suelen ser suficientes en riego, mientras que en temporal, donde la mortalidad de plántulas es mayor, pueden requerirse 350–450 semillas/m², siempre considerando el porcentaje de germinación real. Densidades excesivas generan canopia densa, predisponen a enfermedades foliares como roya y mancha foliar y reducen el diámetro del tallo, aumentando el riesgo de acame, en cambio, densidades bajas limitan el número de espigas y dejan nichos vacíos que las malezas ocupan con rapidez.
El arreglo espacial de las hileras define la distribución de raíces y la dinámica de cierre del dosel, de modo que distancias entre surcos de 15–20 cm suelen optimizar la intercepción de luz y la cobertura temprana del suelo en sistemas mecanizados, reduciendo la evaporación directa y la emergencia de malezas. Surcos más amplios, aunque facilitan algunas labores mecánicas, tienden a generar microambientes con mayor amplitud térmica y mayor exposición del suelo, lo que puede ser desventajoso en climas áridos y semiáridos. La profundidad de siembra, por su parte, debe armonizar la búsqueda de humedad con la capacidad de emergencia, manteniéndose generalmente entre 3–6 cm según textura del suelo y estado de humedad, profundidades mayores comprometen la emergencia uniforme y alargan el coleóptilo, haciéndolo más vulnerable a patógenos de suelo.
La preparación del lecho de siembra influye directamente en la uniformidad de emergencia y en la arquitectura radicular inicial, un lecho firme en el fondo y suelto en la capa superficial favorece el contacto semilla-suelo y la rápida imbibición, mientras que suelos excesivamente mullidos promueven asentamientos diferenciales que rompen raíces finas y generan desuniformidad. En sistemas de labranza reducida o siembra directa, la gestión de rastrojos es crítica, pues una cobertura superficial excesiva, sin adecuada distribución, puede obstaculizar el contacto semilla-suelo y albergar poblaciones elevadas de plagas y patógenos, aunque, bien manejada, mejora la conservación de humedad y la estructura del suelo.
El riego de establecimiento, cuando se dispone de agua, debe aplicarse con láminas moderadas que humedezcan el perfil donde se ubica la semilla sin saturar la zona radicular incipiente, ya que la anoxia en las primeras etapas reduce el vigor y favorece enfermedades de pie de plántula. En temporal, la estrategia se invierte: se busca sembrar sobre humedad residual suficiente para garantizar la emergencia en un plazo corto, evitando que la semilla permanezca en estado de imbibición incompleta por periodos prolongados, lo que deteriora su viabilidad. La coordinación entre la siembra y los primeros eventos de lluvia, apoyada en pronósticos climáticos de corto plazo, se vuelve entonces un componente central del manejo de riesgo.
Por último, la verificación temprana del establecimiento, mediante conteos de plantas emergidas y evaluación de uniformidad, permite realizar ajustes correctivos en etapas todavía oportunas, como resiembras parciales en manchones, modificaciones en el plan de fertilización o ajustes en el control de malezas. De este modo, la decisión inicial sobre el material vegetal y la precisión en el establecimiento del cultivo se integran como un sistema coherente, donde genética, ambiente y manejo convergen para sostener rendimientos altos y estables en los diversos agroecosistemas trigueros de México.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo del trigo define el potencial máximo de rendimiento mucho antes de que aparezca la primera espiga visible, porque en esta fase se determinan el número de macollos fértiles, la arquitectura del dosel y la capacidad de exploración radicular. Cada decisión de riego, nutrición y manejo cultural en estas semanas iniciales se traduce, más tarde, en espigas por metro cuadrado, granos por espiga y estabilidad frente a estrés térmico o hídrico en llenado de grano.
Manejo del riego durante el crecimiento vegetativo
El trigo responde a un régimen hídrico que combine suelos con humedad cercana a capacidad de campo y periodos moderados de secado, que estimulan el crecimiento radicular profundo sin comprometer la expansión foliar. En ambientes de riego del Bajío, del Valle del Yaqui o de la Comarca Lagunera, el objetivo es mantener la fracción de agua fácilmente aprovechable entre 0.4 y 0.6, evitando caídas de potencial hídrico que reduzcan la tasa de aparición de hojas y el macollamiento.
La fase entre emergencia y fin de macollamiento es especialmente sensible, porque el déficit hídrico en este periodo reduce el número de tallos fértiles y, por tanto, la densidad de espigas. Ensayos recientes en trigo de riego en el noroeste de México muestran reducciones de hasta 18–22 % en espigas/m² cuando el contenido de humedad del suelo cae por debajo de 60 % de la capacidad de campo durante más de 10 días consecutivos, incluso si el agua se restituye después, el cultivo ya ha “decidido” producir menos estructuras reproductivas.
El diseño del calendario de riego debe considerar la profundidad efectiva de raíces, que en trigo moderno puede alcanzar 0.9–1.2 m en suelos bien estructurados, y la textura, que define la capacidad de almacenamiento. En suelos franco-arenosos, con baja capacidad de retención, se recomiendan láminas más frecuentes y de menor volumen, mientras que en suelos franco-arcillosos es preferible espaciar los riegos, permitiendo un secado parcial que favorezca la aireación y reduzca el riesgo de enfermedades radiculares.
La elección del método de riego modifica la dinámica del desarrollo vegetativo, porque el riego por gravedad tiende a generar ciclos más marcados de saturación y secado, mientras que el riego por aspersión o pivote central, bien manejado, permite déficit controlado en etapas menos críticas. La clave es evitar encharcamientos prolongados en plántula y macollamiento temprano, que reducen la oxigenación de la rizosfera y favorecen Pythium y Rhizoctonia, comprometiendo la formación de un sistema radicular robusto.
A medida que el cultivo avanza hacia el estadio de encañe, el objetivo del riego se desplaza, de maximizar el número de macollos, a sostener la expansión del área foliar sin inducir un exceso de biomasa vegetativa, porque un dosel demasiado denso incrementa la transpiración, la competencia intrapoblacional por luz y la presión de enfermedades foliares. En esta transición, el monitoreo con sensores de humedad de suelo, imágenes multiespectrales o índices como NDVI ayuda a ajustar la lámina de riego para mantener un balance entre crecimiento y eficiencia hídrica.
Nutrición y fertilización en la fase vegetativa
El trigo traduce con gran precisión el estado de nutrición nitrogenada en el tamaño y la duración del área foliar, por lo que la estrategia de fertilización debe sincronizar la oferta de N con la demanda real de la planta. Una práctica eficiente en sistemas de alto rendimiento consiste en fraccionar el N en al menos dos aplicaciones: una dosis de base al momento de la siembra o emergencia temprana, orientada a asegurar un arranque vigoroso, y una o dos aplicaciones de cobertera entre macollamiento y primera entrenudo visible, cuando se define el número de espiguillas potenciales.
La dosis total de N, que en México suele oscilar entre 180 y 260 kg N/ha en trigo de riego de alto rendimiento, debe ajustarse según el rendimiento objetivo, el contenido de materia orgánica, el cultivo precedente y la mineralización esperada. Una regla útil es relacionar la dosis con el rendimiento esperado (por ejemplo, 25–30 kg N por tonelada de grano objetivo) y después corregir con análisis de suelo y, cuando es posible, con sensores de N en planta o índices de clorofila, que permiten ajustar en tiempo real la fertilización de cobertera para evitar tanto deficiencias como excesos.
El fósforo y el potasio, aunque menos dinámicos que el N, son decisivos en el desarrollo vegetativo temprano, porque el P participa en la formación de raíces finas y en el metabolismo energético, mientras que el K regula la apertura estomática y la resistencia a estrés hídrico. En suelos con niveles de P Olsen por debajo de 12–15 mg/kg, la respuesta a la fertilización fosfatada es marcada, siendo recomendable aplicar la mayor parte del P en banda cercana a la semilla, a dosis de 40–80 kg P2O5/ha, para maximizar la absorción en las primeras semanas.
El azufre ha cobrado relevancia en los últimos años por la reducción de deposiciones atmosféricas, y su deficiencia limita tanto el crecimiento vegetativo como la síntesis de proteínas, afectando rendimiento y calidad panadera. Niveles de S-sulfato por debajo de 10 mg/kg en el horizonte superficial justifican aplicaciones de 20–30 kg S/ha, idealmente integradas con la fuente nitrogenada (por ejemplo, sulfato de amonio), lo que mejora la eficiencia global de la fertilización.
Micronutrientes como zinc y manganeso influyen en la tasa de crecimiento vegetativo y en la tolerancia a estrés, especialmente en suelos calizos de pH alto, donde su disponibilidad se reduce. Síntomas leves de deficiencia de Zn en plántula, aun sin manifestaciones visuales severas, se han asociado con disminuciones de 5–8 % en biomasa a macollamiento, por lo que el uso de tratamientos a la semilla con Zn o aplicaciones foliares tempranas se ha consolidado como una herramienta de bajo costo y alto retorno en muchas zonas trigueras mexicanas.
La eficiencia de uso de nutrientes depende también de la interacción con el agua y la temperatura, por lo que la fertilización no puede considerarse en aislamiento, un exceso de N bajo condiciones de alta humedad y baja radiación induce crecimiento vegetativo blando, mayor índice de área foliar de corta duración y mayor susceptibilidad a acame, mientras que una nutrición balanceada con K y S favorece tejidos más robustos, mejor relación raíz:parte aérea y mayor estabilidad del cultivo ante vientos y lluvias intensas.
Labores culturales y arquitectura del cultivo
Las labores culturales durante el desarrollo vegetativo buscan moldear la arquitectura del dosel para optimizar la captura de luz, el intercambio gaseoso y el uso del agua y nutrientes. La densidad de siembra, la distribución espacial y el control temprano de malezas determinan el patrón de macollamiento y la uniformidad del cultivo, factores que, a su vez, condicionan la eficiencia de la fertilización y del riego.
En siembras de alta densidad, con más de 350 semillas viables/m², el trigo tiende a producir menos macollos por planta pero más tallos principales, lo que puede resultar en espigas más uniformes pero con menor plasticidad frente a pérdidas por estrés, en cambio, densidades moderadas, de 250–300 semillas/m², favorecen un macollamiento más intenso y una mayor capacidad de compensación, siempre que el manejo hídrico y nutricional sostenga la supervivencia de los macollos fértiles. El ajuste fino de densidad según fecha de siembra, variedad y ambiente es una de las decisiones agronómicas con mayor impacto en la fase vegetativa.
El control de malezas en las primeras etapas es crítico, porque la competencia por luz y nutrientes antes de macollamiento reduce la tasa de expansión foliar y la capacidad de exploración radicular, incluso cuando las malezas se controlan después, el trigo no recupera totalmente el potencial de macollamiento perdido, por ello se recomienda mantener el cultivo libre de competencia al menos hasta el estadio de 3–4 hojas verdaderas, combinando prácticas culturales, como una adecuada preparación del terreno, con herbicidas selectivos aplicados en el momento fenológico óptimo.
El manejo de la residua de cosecha previa también influye en el desarrollo vegetativo, porque una alta carga de rastrojo superficial modifica la temperatura y humedad del suelo, retrasa la emergencia y puede albergar patógenos foliares y de raíz, sin embargo, cuando se maneja correctamente, la siembra sobre rastrojo mejora la infiltración, reduce la evaporación directa y favorece un sistema radicular más profundo, lo que incrementa la resiliencia del cultivo frente a periodos cortos de déficit hídrico durante el macollamiento.
En ambientes con alta fertilización nitrogenada y buen suministro de agua, el uso de reguladores de crecimiento en encañe temprano puede ser una herramienta para reducir el riesgo de acame, especialmente en variedades de porte medio o en lotes con historial de suelos sueltos y vientos fuertes, la decisión de aplicar estos productos debe basarse en una evaluación conjunta de densidad de población, vigor vegetativo, pronóstico climático y precio esperado del grano, ya que su efecto es principalmente preventivo.
Finalmente, la sanidad foliar durante el desarrollo vegetativo condiciona la eficiencia fotosintética y la respuesta a la fertilización, enfermedades como roya amarilla, mancha foliar por Zymoseptoria o helmintosporiosis, si se instalan temprano, reducen el área foliar funcional y alteran la relación fuente–demanda del cultivo, por lo que la integración de manejo integrado de enfermedades, que combine genética resistente, rotación de cultivos, manejo de residuos y fungicidas oportunos, es parte inseparable del manejo agronómico de la fase vegetativa.
La articulación precisa entre riego, nutrición y labores culturales durante estas semanas iniciales no solo construye el andamiaje fisiológico del cultivo, también define su capacidad de enfrentar los inevitables vaivenes ambientales de la campaña, desde olas de calor hasta irrupciones de patógenos, y convierte al desarrollo vegetativo en el verdadero punto de inflexión del rendimiento potencial del trigo.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo del trigo define el potencial de rendimiento con una precisión que rara vez se recupera en etapas posteriores, porque en unas cuantas semanas se fijan el número de espiguillas, la fertilidad de las flores, el tamaño potencial del grano y la estabilidad fisiológica de la planta frente a estrés. La agronomía eficaz en este periodo no se limita a mantener el cultivo “verde”, sino a sostener un equilibrio fino entre agua, nutrientes, arquitectura del dosel y sanidad, que permita a la planta priorizar la formación de grano sobre el crecimiento vegetativo o la supervivencia defensiva.
Manejo del riego en la fase crítica
Desde encañe hasta fin de llenado de grano, el trigo atraviesa la ventana de máxima sensibilidad hídrica, en la que el déficit de agua reduce el número de granos por m² y su peso específico con una elasticidad muy alta. El periodo más crítico se ubica entre embuche, espigamiento y antesis, cuando el estrés hídrico puede reducir el rendimiento más de 30 % aun con buena nutrición, debido a fallas en la meiosis, esterilidad de anteras y aborto de flores. Por ello, en sistemas de riego presurizado o rodado, el objetivo es mantener la fracción de agua disponible por encima de 50-60 % en el horizonte de 0-60 cm, donde se concentra la mayor parte de las raíces activas.
El diseño del calendario de riegos se apoya en la evapotranspiración de referencia (ETo) y el coeficiente de cultivo (Kc) ajustado por fenología, que en etapa reproductiva suele alcanzar valores de 1,10-1,20 en trigos de porte moderno con alta cobertura foliar. En regiones trigueras de México con clima semiárido, esto se traduce en láminas de 60-80 mm por riego cada 7-10 días en suelos de textura media, mientras que en suelos francos profundos puede alargarse el intervalo a 10-12 días, siempre que no se permita que la tensión de agua supere umbrales de -60 a -80 kPa en el estrato activo. El uso de sensores de humedad (tensiómetros, FDR, capacitivos) permite afinar estos umbrales y reducir riegos innecesarios que favorecen el acame.
El exceso de agua durante la fase reproductiva es tan dañino como la sequía, porque reduce la difusión de oxígeno en la rizosfera, frena la absorción de nitrógeno y micronutrientes, y dispara la incidencia de enfermedades foliares como roya y mancha foliar. En suelos con drenaje lento, conviene usar láminas más frecuentes y ligeras, manteniendo la humedad cercana a capacidad de campo sin saturar, y apoyarse en nivelación de precisión y drenes superficiales para evitar encharcamientos en depresiones del lote. El balance hídrico debe considerar también la temperatura del suelo, ya que el riego con agua fría en noches frescas puede agravar el estrés térmico en antesis.
En esquemas de riego deficitario controlado, una estrategia viable es priorizar el agua en tres puntos: cierre de surcos (fin de macollamiento), embuche-espigamiento y grano lechoso, aceptando cierto estrés moderado en etapas intermedias, siempre que no coincida con altas temperaturas. El ajuste fino se apoya en el monitoreo de índices de vegetación (NDVI, NDRE) y temperatura del dosel vía imágenes multiespectrales, que permiten detectar estrés hídrico subclínico antes de que se manifieste en marchitez visible.
Nutrición y fertilización durante la fase reproductiva
El trigo entra al desarrollo reproductivo con una demanda muy alta de nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K), pero también con requerimientos precisos de azufre (S), zinc (Zn), manganeso (Mn) y cobre (Cu), que condicionan tanto la fertilidad del polen como la tasa de llenado de grano. La mayor parte del N que termina en la proteína del grano se absorbe entre encañe y grano lechoso, aunque una fracción importante proviene de la redistribución desde hojas y tallos, por lo que la gestión de N en esta etapa busca maximizar la absorción radicular sin inducir exceso de biomasa vegetativa.
En trigos de alto rendimiento en México, con metas de 7-9 t/ha bajo riego, las dosis totales de N suelen estar en rangos de 180-240 kg/ha, fraccionadas en al menos dos o tres aplicaciones, dejando entre 30-40 % para el tramo macollamiento-encañe y otro 20-30 % para la fase de espigamiento temprano, usando fuentes de liberación rápida como urea o nitrato de amonio estabilizadas con inhibidores de ureasa o nitrificación cuando se anticipan temperaturas altas y riegos frecuentes. El objetivo es sostener un índice de área foliar (IAF) óptimo (alrededor de 5-6 en materiales modernos) sin disparar el riesgo de acame, lo que obliga a balancear N con K y con la densidad de población.
El fósforo cumple un papel clave en el desarrollo radicular y en la energía disponible para floración y llenado de grano, sin embargo, su mayor eficacia se logra con aplicaciones de fondo, de modo que en la etapa reproductiva el énfasis se desplaza a mantener su disponibilidad en la rizosfera, evitando descensos bruscos de humedad y pH extremos. En suelos con niveles medios a bajos de P disponible, las aplicaciones foliares de fosfitos o fosfatos en dosis moderadas pueden mejorar la eficiencia fisiológica, no tanto por aporte de P en sí, sino por su efecto sobre metabolismo energético y tolerancia al estrés.
El potasio es determinante para la regulación estomática, la turgencia y la translocación de azúcares hacia el grano, por lo que su deficiencia en fase reproductiva se traduce en granos pequeños y peso hectolítrico bajo, aun con buen número de espigas. En suelos con K intercambiable marginal, la aplicación al voleo o en bandas antes de encañe, complementada con dosis foliares en pre-antesis, reduce el impacto de golpes de calor y mejora la eficiencia del uso del agua. Paralelamente, el azufre sostiene la síntesis de aminoácidos azufrados, por lo que su carencia limita la proteína del grano; en sistemas intensivos se recomiendan 15-25 kg/ha de S total, preferentemente en forma de sulfato.
Los micronutrientes adquieren protagonismo en esta etapa, en particular Zn, Mn, Cu y B, ligados a procesos de floración, polinización y formación de almidón. En suelos calizos, el Zn es frecuentemente limitante, y su corrección mediante aplicaciones foliares entre hoja bandera y espigamiento mejora el cuajado y el peso de mil granos. El Mn y el Cu intervienen en sistemas enzimáticos antioxidantes, reduciendo el daño por estrés térmico y favoreciendo la integridad de las membranas durante el llenado, mientras que el B, aun en requerimientos muy bajos, resulta crítico para la viabilidad del polen. El análisis foliar en hoja bandera y el uso de mezclas foliares balanceadas, ajustadas a las condiciones locales, permiten afinar estos aportes sin generar antagonismos.
Labores culturales y arquitectura del cultivo
Las labores culturales durante el desarrollo reproductivo se orientan a preservar la arquitectura del dosel y la sanidad del cultivo, porque cualquier alteración significativa en la interceptación de radiación o en la integridad de la hoja bandera repercute de inmediato en la tasa de llenado de grano. La hoja bandera y la penúltima hoja aportan más de 60 % de los fotoasimilados al grano, de modo que su protección frente a roya amarilla, roya de la hoja, mancha de la hoja y septoriosis es prioritaria. El manejo integrado combina selección de variedades con resistencia genética parcial, rotación de modos de acción de fungicidas y monitoreo intensivo para ajustar el momento de aplicación, idealmente entre hoja bandera desplegada y antesis.
En materiales de alto potencial y suelos fértiles, el acame es un riesgo latente durante la fase reproductiva, sobre todo si coinciden exceso de N, riegos pesados y vientos fuertes. La prevención comienza con una densidad de siembra adecuada, evitando poblaciones excesivas que eleven la competencia intraespecífica y el alargamiento de tallos, y se complementa con el uso de reguladores de crecimiento (como trinexapac-etil) aplicados en encañe temprano, que reducen la longitud de los entrenudos basales y refuerzan la resistencia mecánica. El equilibrio N/K y la ausencia de excesos de agua en superficie completan la estrategia.
El control de malezas en etapa reproductiva se enfoca en evitar la competencia por luz en el estrato superior del dosel y la interferencia mecánica en la cosecha, más que en la competencia por nutrientes, que suele ser menor si el manejo temprano fue correcto. Las gramíneas tardías como Avena fatua o Lolium spp. pueden seguir emergiendo, por lo que el uso de herbicidas selectivos de postemergencia tardía debe evaluarse con cuidado para no generar fitotoxicidad en un cultivo ya en floración, privilegiando estrategias preventivas en rotación y preemergencia. La presencia de malezas de ciclo largo también aumenta la humedad relativa en el dosel, favoreciendo enfermedades.
Las labores de monitoreo y ajuste fino incluyen la evaluación periódica de IAF, altura de planta, estado nutricional visual y, cuando es posible, mediciones de clorofila (SPAD) o índices ópticos que permiten decidir si se justifica un último aporte de N foliar para mejorar proteína sin comprometer la estabilidad del cultivo. Asimismo, el seguimiento de pronósticos climáticos de corto plazo permite ajustar la fecha de riegos y aplicaciones, evitando intervenir en días con alta probabilidad de calor extremo o lluvias intensas que reduzcan la eficacia de los insumos.
Finalmente, la coordinación entre riego, fertilización y labores culturales durante el desarrollo reproductivo del trigo configura un sistema integrado donde cada decisión agronómica repercute en la eficiencia fisiológica del cultivo. El objetivo no es maximizar de forma aislada el agua aplicada, los nutrientes suministrados o la protección fitosanitaria, sino armonizar estos factores para sostener un dosel funcional, una raíz activa y una espiga fértil, capaces de transformar con precisión la radiación y el agua disponibles en grano de alta calidad.
Indicadores y actividades para la cosecha
Los indicadores de cosecha en trigo no son simples señales visuales, son el punto de convergencia entre la fisiología del cultivo, la mecánica de la trilla y la economía del productor. Un corte adelantado penaliza el peso hectolítrico y el contenido de almidón, uno tardío incrementa pérdidas por desgrane, acame y brotado en espiga. Por ello, la decisión de cosechar se apoya en un conjunto de criterios integrados, donde la humedad de grano, el estado de la planta y las condiciones ambientales definen la ventana óptima.
Indicadores fisiológicos y físicos de madurez
El primer indicador robusto es la madurez fisiológica, momento en que el grano ha alcanzado su peso seco máximo. En trigo, se asocia con la aparición de la capa negra o línea de abscisión en la base del grano, visible al seccionar longitudinalmente la cariópside y observar un tejido oscuro en el punto de inserción con la raquilla. Aunque la cosecha mecanizada no se realiza exactamente en ese momento, conocerlo permite estimar el potencial máximo de rendimiento y ajustar la fecha de corte para minimizar pérdidas.
Tras la madurez fisiológica, el grano entra en fase de secado en campo, donde el parámetro decisivo es la humedad del grano. Para cosecha directa con cosechadora se considera óptimo un rango de 12,0–14,0 %, que equilibra la eficiencia de trilla, el daño mecánico y los costos de secado. En muchos sistemas de producción mexicanos, especialmente en el Bajío y el norte irrigado, se cosecha entre 13,0–15,0 % cuando existe infraestructura de secado o se vende a centros de acopio que aceptan humedades ligeramente superiores con descuento controlado. Por arriba de 16,0 % se incrementa el riesgo de compactación del grano, daños en el embrión y desarrollo de hongos de almacenamiento.
La coloración de espiga y tallos aporta una señal complementaria, útil para el monitoreo a campo pero insuficiente como único criterio. En materiales de trigo harinero, la espiga debe estar completamente amarilla y la hoja bandera seca o con apenas restos de verdor en la base del tallo, mientras que en trigos cristalinos la espiga presenta un tono dorado intenso y pajoso, con tallos rígidos pero quebradizos. Sin embargo, la variabilidad genética en pigmentación y cerosidad, así como el efecto de estrés hídrico o térmico, exige respaldar la observación visual con mediciones de humedad.
El contenido de materia seca y el peso hectolítrico (kg/hl) complementan el diagnóstico, ya que reflejan el grado de llenado y la densidad del grano. En trigos de calidad panadera para la industria mexicana, se buscan valores de peso hectolítrico mayores a 76,0 kg/hl, mientras que en trigos cristalinos para pasta se prioriza además una alta proporción de granos vítreos y un índice de flotación bajo. Cuando el peso hectolítrico aún se encuentra en ascenso, conviene retrasar algunos días la cosecha siempre que el pronóstico climático no indique lluvias que favorezcan el brotado en espiga.
La evaluación de parámetros de calidad industrial puede anticiparse mediante muestreos previos a la cosecha, especialmente en lotes destinados a mercados diferenciados. El contenido de proteína (idealmente 11,5–13,5 % en base seca para trigos panaderos de alto desempeño) y la estabilidad de gluten ayudan a decidir si se prioriza la protección del grano frente a lluvias tardías, adelantando la cosecha dentro del rango de humedad admisible, o si se puede esperar a un secado más completo para reducir costos de poscosecha.
Condiciones ambientales y riesgos asociados
Los indicadores fisiológicos se cruzan con un factor decisivo: el riesgo climático. En regiones trigueras de México con influencia de frentes fríos tardíos o lluvias premonzónicas, como zonas de Guanajuato, Puebla o el altiplano de Tlaxcala e Hidalgo, la probabilidad de lluvias cercanas a la madurez obliga a ajustar la estrategia de cosecha. Un solo evento de lluvia intensa en espigas fisiológicamente maduras puede detonar germinación en campo, generando granos con brote visible, caída de número de Falling Number por debajo de 250 s y degradación enzimática del almidón.
Además, la permanencia prolongada de espigas maduras en campo incrementa la incidencia de hongos saprófitos y de patógenos como Fusarium spp. y Alternaria spp., con riesgo de micotoxinas y rechazo en acopio. En zonas con alta presión de aves granívoras o roedores, el retraso de la cosecha se traduce en pérdidas directas de rendimiento, especialmente en bordes de parcela y áreas cercanas a arbolado o infraestructura.
El acame constituye otro factor crítico, ya que espigas en contacto con el suelo se humedecen con el rocío, dificultan la recolección mecánica y favorecen el desarrollo de hongos. Cuando se detecta acame moderado en lotes de alto rendimiento, la prioridad es adelantar la cosecha aunque el grano no haya alcanzado la humedad ideal, compensando con ajustes en la configuración de la cosechadora y, si es necesario, con un secado más intensivo.
Actividades previas y ajustes para la cosecha mecanizada
La cosecha eficiente de trigo inicia con una planificación escalonada de siembras y variedades, de modo que la madurez no se concentre en una sola ventana. La combinación de materiales de diferente ciclo, fechas de siembra desfasadas y manejo diferenciado de nitrógeno permite distribuir la carga de cosecha y evitar picos que rebasen la capacidad de las máquinas disponibles.
En la fase previa al corte se realizan muestreos sistemáticos de humedad de grano, utilizando calibradores portátiles o tomando espigas representativas para análisis en laboratorio o en el centro de acopio. El muestreo debe cubrir zonas altas y bajas de la parcela, bordes y áreas con diferente vigor, ya que la heterogeneidad en madurez puede ser significativa en suelos con variación de profundidad o salinidad. Con base en esos datos se programa el ingreso de la cosechadora, priorizando lotes con mayor riesgo climático o con acame incipiente.
La configuración de la cosechadora es una actividad crítica, que se ajusta al tipo de trigo (harinero o cristalino), al tamaño y dureza del grano y a la humedad al momento del corte. El cilindro o rotor se regula con velocidades moderadas para minimizar el daño mecánico y el quebrado, típicamente entre 800–1,200 rpm según el modelo, y se ajusta la separación cóncavo-cilindro para asegurar una trilla completa sin exceso de trituración de paja. El flujo de aire del ventilador se calibra para expulsar impurezas y granos vanos sin arrastrar granos sanos, mientras que las cribas se regulan para el tamaño de grano predominante, verificado con tamices.
En muchos sistemas se recomienda una altura de corte que deje suficiente rastrojo para proteger el suelo y facilitar la siembra de cultivos subsecuentes, pero sin comprometer la eficiencia de alimentación de la máquina. Una altura de 15–20 cm suele ser adecuada, aunque en lotes con acame se reduce para capturar espigas caídas, asumiendo un mayor volumen de paja a procesar. La velocidad de avance se ajusta en función de la densidad de espigas y del rendimiento estimado, manteniendo una carga constante del motor que evite atascos y pérdidas por sobrealimentación.
Manejo de grano, logística y calidad poscosecha
Una vez cortado, el trigo entra en una fase donde el manejo define la calidad comercial y la estabilidad en almacenamiento. La descarga de la tolva de la cosechadora en remolques limpios y secos reduce la contaminación con tierra, semillas de malezas y restos de cultivos anteriores. La mezcla de lotes con calidades diferentes, aunque operativamente tentadora, diluye la trazabilidad y dificulta el acceso a mercados que pagan bonificaciones por parámetros específicos de proteína, peso hectolítrico o dureza.
En centros de acopio o bodegas de la propia unidad de producción, la medición inmediata de humedad y temperatura de grano orienta las decisiones de aireación o secado artificial. Para humedades por arriba de 14,0 %, la aireación forzada con flujo uniforme ayuda a homogeneizar la masa de grano y reducir gradientes térmicos que favorecen condensación y focos de hongos. Cuando la humedad supera 16,0 %, se vuelve necesario el uso de secadoras, idealmente con temperaturas moderadas (no mayores a 60,0 °C en grano) para evitar daños en gluten y color, especialmente importantes en trigos cristalinos.
El control de plagas de almacenamiento, como Sitophilus granarius y Rhyzopertha dominica, se inicia con una limpieza exhaustiva de bodegas, eliminación de granos residuales y aplicación dirigida de insecticidas autorizados en superficies, evitando la contaminación directa del grano. La densidad de almacenamiento, la ventilación y el monitoreo periódico mediante trampas y muestreos manuales permiten reaccionar antes de que las poblaciones alcancen niveles que comprometan peso y calidad.
Finalmente, la información generada durante la cosecha —rendimientos por lote, humedad, peso hectolítrico, proteína, incidencias de acame o brotado— se integra en un sistema de registros que retroalimenta el manejo agronómico del ciclo siguiente. La correlación entre fechas de siembra, dosis y momento de aplicación de nitrógeno, elección varietal y comportamiento en cosecha permite afinar decisiones para reducir riesgos y maximizar la expresión del potencial genético, cerrando un ciclo de mejora continua donde la cosecha deja de ser un acto aislado y se convierte en un nodo estratégico dentro del sistema de producción de trigo.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
El manejo postcosecha del trigo define, con más precisión que muchos insumos de campo, el valor económico final del grano, porque a partir del momento de la cosecha cada decisión incide en el contenido de humedad, el grado de impurezas, la actividad enzimática y la estabilidad sanitaria del lote. El reto no es solo evitar pérdidas visibles, sino preservar la funcionalidad tecnológica del grano para molienda y panificación, en un entorno donde las exigencias de la industria harinera mexicana se han vuelto más estrictas en términos de proteína, peso hectolítrico y estabilidad farinográfica.
La primera decisión crítica ocurre incluso antes de que la cosechadora entre al lote, la determinación del momento óptimo de cosecha. Para trigo harinero, el rango de seguridad se sitúa típicamente entre 12 y 14 % de humedad en grano, con la línea de leche completamente retraída y la espiga quebradiza, mientras que para trigos cristalinos destinados a sémola se prefiere acercarse al 12 % para reducir el riesgo de grano quebrado y mejorar la conservación del color ámbar. Cosechar por encima de 15 % de humedad incrementa la respiración del grano, acelera el deterioro de lípidos y proteínas, y obliga a procesos de secado más agresivos que pueden dañar la viabilidad y la integridad del endospermo.
La regulación fina de la cosechadora es el siguiente eslabón, porque la maquinaria mal ajustada es una de las principales fuentes de daño mecánico, que a su vez abre puertas a hongos de almacenamiento y pérdida de peso hectolítrico. La velocidad del cilindro, la apertura del cóncavo y el flujo de aire deben adaptarse al tipo de trigo, a la humedad del grano y al rendimiento del lote, buscando un equilibrio entre mínima pérdida por cola y mínimo porcentaje de grano partido. En trigos con alto peso hectolítrico, una velocidad excesiva del cilindro puede fracturar el endospermo y reducir el rendimiento de harina panificable, incluso si el porcentaje de impurezas aparentes es bajo.
Una vez cosechado, el trigo entra en una fase extremadamente vulnerable, el tiempo de permanencia en campo y en patio antes del secado y almacenamiento define el riesgo de crecimiento fúngico y de desarrollo de micotoxinas, en particular de Fusarium y Aspergillus en ambientes cálidos. En regiones trigueras de Sonora y Bajío, con temperaturas superiores a 30 °C durante la trilla, dejar el grano en tolvas o camiones por más de 12 a 24 horas con humedades cercanas a 14-15 % eleva de forma exponencial la actividad respiratoria, generando puntos calientes y condensación interna, que luego se traducen en focos de infestación durante el almacenamiento.
El secado se convierte entonces en el punto de control más determinante para la calidad comercial, porque fija el nivel de humedad y, con ello, la estabilidad biológica del lote. Para almacenamiento seguro por más de 6 meses, se recomienda llevar la humedad del trigo por debajo de 12 %, y en climas cálidos por debajo de 11,5 %, con temperaturas de aire de secado que no superen 60 °C para grano destinado a molienda, a fin de evitar desnaturalización de gluteninas y gliadinas, que se manifiesta después como menor estabilidad de masa y menor volumen de pan. En sistemas de flujo continuo, la estrategia óptima es usar secados escalonados, con descensos de 2 a 3 puntos porcentuales de humedad por pasada, permitiendo un enfriamiento intermedio que reduzca el estrés térmico del grano.
La uniformidad de humedad al final del secado es tan importante como el valor promedio, porque zonas con 13-14 % de humedad dentro de un lote que promedia 11,5 % se comportan como microambientes de incubación, con mayor actividad respiratoria y proliferación de hongos de almacenamiento. Por ello, el uso de aireación forzada posterior al secado, con caudales de 5 a 10 m³/min/t, permite homogeneizar la humedad y la temperatura, disminuyendo los gradientes internos que favorecen la condensación y los “bolsones calientes” dentro de los silos.
El almacenamiento a mediano y largo plazo es la etapa donde se define la conservación de la calidad física y funcional del trigo, y donde convergen decisiones de infraestructura, monitoreo y manejo de plagas. Para preservar el peso hectolítrico, el color y la integridad del germen, la relación entre temperatura del grano y humedad relativa del aire intersticial debe mantenerse en una zona de seguridad, por debajo de la llamada línea de sorción crítica, que para trigo se sitúa alrededor de 65-70 % de humedad relativa a 25 °C. En la práctica, esto implica mantener temperaturas del grano entre 15 y 20 °C cuando la humedad está en 12 %, o por debajo de 25 °C cuando la humedad se ha bajado a 11 % o menos, lo que en México obliga a una aireación estratégica, sobre todo en regiones cálidas.
Las pérdidas por insectos como Sitophilus granarius, Rhyzopertha dominica y Tribolium castaneum no solo se traducen en menor peso comercial, también degradan el contenido de proteína y generan olores y sabores que la industria rechaza. La estrategia más efectiva combina prevención estructural (limpieza profunda de silos, sellado de grietas, eliminación de granos viejos), control de temperatura mediante aireación y, cuando es necesario, fumigación con fosfina o tecnologías emergentes como atmósferas modificadas, cuidando siempre la resistencia creciente de las poblaciones de insectos. Un sistema de monitoreo integrado, con trampas de feromonas, muestreo de grano y sensores de temperatura, permite intervenir de forma puntual antes de que la infestación comprometa la calidad de todo el silo.
La contaminación fúngica y de micotoxinas exige un enfoque similar, aunque con matices, porque la presencia de Fusarium suele originarse en campo, mientras que Aspergillus y Penicillium se asocian con fallas en secado y almacenamiento. La reducción de la humedad a niveles seguros y el control de la temperatura del grano son las barreras más efectivas, pero en lotes con antecedentes de deoxinivalenol (DON) o aflatoxinas se vuelve indispensable un muestreo estadísticamente robusto, dado que la distribución de micotoxinas en el lote es altamente heterogénea. Para mercados exigentes, los protocolos de segregación en recepción, con análisis rápidos de DON y aflatoxinas, permiten canalizar lotes de mayor riesgo a usos menos sensibles o mezclarlos de forma controlada sin rebasar los límites reglamentarios.
La limpieza y clasificación del trigo previo a la entrega o a la molienda es otra etapa donde se consolida la calidad comercial, porque el porcentaje de impurezas, grano dañado y grano quebrado influye directamente en el precio y en el rendimiento industrial. Equipos de pre-limpieza con zarandas y aspiración eliminan paja, polvo y semillas extrañas, reduciendo la carga microbiana y el riesgo de calentamiento, mientras que clasificadores por densidad o por color permiten separar granos dañados por hongos, brotados o con decoloraciones, que afectan la calidad de la harina y el color de la sémola. En trigos destinados a panificación de alto valor, la segregación por proteína y por peso hectolítrico mediante sistemas de recepción diferenciada se ha vuelto una herramienta clave para construir lotes homogéneos que respondan de forma consistente en planta.
El trigo brotado representa un desafío particular para la calidad panadera, porque la activación de α-amilasa durante la germinación reduce la estabilidad de la masa y genera migas pegajosas y panes de bajo volumen. La prevención comienza en campo, evitando retrasos de cosecha frente a lluvias tardías, pero el manejo postcosecha puede mitigar parcialmente el problema mediante una rápida reducción de humedad y temperaturas bajas de almacenamiento, que frenan la progresión del brotado y la actividad enzimática. En recepción, la medición de índice de caída (falling number) permite clasificar y segregar lotes, destinando los de menor valor a mezclas controladas o a usos industriales menos sensibles.
La trazabilidad a lo largo de todo el proceso postcosecha se convierte en un eje transversal para sostener la calidad, porque permite relacionar cada lote con su origen varietal, su manejo agronómico y sus condiciones de secado y almacenamiento, facilitando ajustes finos y decisiones de segregación. Sistemas digitales de registro, integrados con sensores en tiempo real de temperatura y humedad en silos, abren la posibilidad de un manejo dinámico, donde la aireación, la fumigación y la rotación de lotes se programan con base en datos y no solo en calendario.
En conjunto, el manejo postcosecha del trigo en México se está desplazando de una lógica de simple conservación de volumen a una lógica de preservación de funcionalidad tecnológica, donde cada etapa, desde la cosecha hasta la entrega, se concibe como un punto de control de variables críticas: humedad, temperatura, integridad física, carga biológica y homogeneidad del lote. La competitividad del trigo nacional frente a las importaciones dependerá cada vez más de la capacidad de los sistemas de producción para integrar estos criterios de calidad postcosecha en la toma de decisiones diarias.
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